El Playmaker | El hombre que tanto había hecho disfrutar a la multitud
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El hombre que tanto había hecho disfrutar a la multitud

Era domingo. Un frío domingo de febrero en Boston. Aquel hombre que tanto había hecho disfrutar a la multitud que lo saludaba, levantaba las manos en un último intento por no despertar de ese sueño, el sueño de jugar una vez más en el Boston Garden. El público sacaba las cámaras de fotos para inmortalizar el momento, tan inmortal como el propio hombre inmortalizado. Incluso una pancarta, una pancarta en la que aparecía dibujado el particular Monte Rushmore de los Boston Celtics: John Havlicek, Bill Russell, Larry Bird, y el hombre que tanto había hecho disfrutar a la multitud.

El ex entrenador de Boston, Doc Rivers, ponía en pista al héroe local, siendo aquella su séptima titularidad en el curso, el particular homenaje de su entrenador entonces. El propio Rivers tenía que parar el partido tras la salida en tromba de Isaiah Thomas. Este parón fue utilizado tanto por el hombre como por el público para demostrarse el amor que se habían profesado durante dieciocho años, desde que un joven jugador de Los Angeles se puso la zamarra verde para llevarla de nuevo al lugar que le corresponde, al campeonato de la mejor liga de baloncesto del mundo.

El espectáculo, como decía aquel, debía continuar, ya con el hombre sentado en el banco, con únicamente cinco minutos de juego disputados y con los ojos anegados en lágrimas, mientras el Garden seguía ovacionándolo, ya con el balón en juego. El partido seguía su curso normal hasta que, al comienzo del último parcial, todo el Boston Garden se levantó de sus asientos para clamar por su leyenda: “¡We want…, we want…!”, gritaba el público a su ex entrenador, hasta que este vio la oportunidad de brindar al hombre la oportunidad de despedirse sobre la cancha de los orgullosos verdes.

Con 105-99 para los Celtics, Rivers pedía tiempo muerto y tras dibujar la jugada en su pizarra, el balón llegaba a Griffin abierto, que fallaba el triple. DeAndre Jordan cometía una falta, pero todo el mundo se había puesto de pie en el Garden, y nada tenía que ver con la victoria de su equipo. Rivers había lo llamado, casi invocado, para que se preparara para entrar en cuanto Horford tirara el primer tiro libre. Griffin abandonó el parqué, y el Garden se vino abajo. El balón era para él, las miradas eran para él, los focos eran para él, y los gritos eran para él. Situado ante la nueva estrella de Boston lanzó un triple frontal, de esos que anotaba con facilidad con la camiseta del equipo de su vida. El balón besó la red ante la alegría de todo el pabellón.

 

El partido concluyó como el hombre hubiera querido, con un canastón suyo y con victoria de los Celtics. Terminaba así un día especial, un día en el que todo aquel que tenga el corazón verde habrá llorado y cantado el último tiro de Paul Pierce en su casa, el Garden de Boston, tal y como se celebró el MVP de este extraordinario jugador que hace dieciocho años entraba por vez primera en su casa y que nunca se llegó a marchar. Un jugador que ha representado durante todos los días de su carrera deportiva, y de su vida, los valores de la franquicia de Massachussetts: ganar, no rendirse jamás y tener el inmenso orgullo de haber conseguido un título con la zamarra verde tras veintidós años de oscuridad.

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