El Playmaker | La Hidra y el semidiós
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La Hidra y el semidiós

Ni Allen Iverson. Ni Kobe Bryant. Ni muchísimo menos Tim Duncan. La mayor rivalidad que jamás haya tenido, sufrido y disfrutado LeBron James desde su llegada a la liga se forjó en una lucha casi mitológica por alcanzar las Finales del Este durante la primera década del siglo. Enfrente, los semptiernos Boston Celtics y la némesis del alero de Akron: Paul Pierce. 

Los Cleveland Cavaliers venían de ser barridos por los San Antonio Spurs en las Finales del año 2007, las primeras en las que la franquicia de Ohio alcanzaba tales cotas. Aquello supuso un punto de inflexión para James, que se convertiría en el mejor anotador de la liga la temporada siguiente, mejorando sus prestaciones en todos los campos estadísticos. Entre actuación sobrenatural y actuación sobrenatural, le dio tiempo a conquistar su segundo MVP del All Star Game y sumar logros a su, todavía entonces, breve carrera, mientras observaba a uno de los ídolos hacerse con el MVP. Como cuartos del Este, los Cavaliers se enfrentaron a los Washington Wizards, de los que se deshicieron en seis partidos. Fue entonces, en semifinales de conferencia, cuando ante la enclenque figura de una franquicia perdedora sostenida por un semidiós, se alzó la Hidra esmeralda y traicionera de los Celtics. 

Dirigiendo al monstruo, uno de los mejores playmakers que haya visto el juego. Deslizándose entre indirectos, anotando y liberando, el segundo mejor tirador de la historia. Manejando a su antojo la defensa y solucionando problemas en ataque, el origen de la revolución en la posición de 4. Y haciendo que todo funcione, una de las referencias históricas de la más histórica de las franquicias: la némesis. 

Efectivamente, el nacimiento de la Hidra se produjo el verano anterior. Danny Ainge comenzó a mover las fichas cuando Boston cayó hasta el pick 5 del Draft de 2007. Sin embargo, el premio para los Celtics no vino a través de su elección. En un movimiento que recordó a aquellos que urdía Red Auerbach, Ainge se acercaba cada vez más a la consecución de su Hidra: Ray Allen saldría de los Seattle Supersonics en la última temporada en la liga de la franquicia del estado de Washington, a cambio de Jeff Greenpick 5-, Wally Szczerbiak y Delonte West, que acabarían en Cleveland. Fue ya a finales de julio, casi a un mes del training camp, cuando saltaba la noticia: Kevin Garnett abandonaba Minnesota tras once temporadas en el norte del país, frustrado por no alcanzar el objetivo que tanto lo atormentaba: el anillo. Contando con esas estrellas, el banquillo fue aprovechado con maestría por Doc Rivers: James Posey, Eddie House o Sam Cassell tuvieron peso específico en el equipo saliendo desde el banco. La Hidra había nacido, y arrasó con todo lo que se encontró a su paso durante la temporada regular. No obstante, al llegar a Playoffs, hubieron de librar auténticas batallas hasta la extenuación para conseguir pasar de ronda. En primera, los Hawks cayeron tras siete partidos. En el Garden. Entonces, procedente de una tierra lejana apareció aquel semidiós arrastrando a su franquicia. 

La primera vez que los Boston Celtics se midieron a LeBron James en las series por el título ningún equipo fue capaz de ganar un partido en casa ajena. Aquellas semifinales contaron partidos horribles, como el primero o el sexto, en los que parecía inalcanzable anotar una canasta. Todo desenbocó, de nuevo, y gracias a la excelsa temporada regular, en el Boston Garden. Allí el semidiós se ajustó el cinto, se colocó con honor delante de la Hidra y luchó con valor. Consiguió lastimarla, pero su extrema soledad le condenó. La Hidra, a punto de caer y con la nemésis como cabeza pensante aquella noche, se tragó al semidiós y avanzó en su camino hacia el banquete final. 

Aquella derrota fue reinterpretada por el semidiós. La siguiente temporada, siguió su escalada a la grandeza mejorando en apartados pobres hasta entonces en su juego. Taponó más que nunca y aumentó su porcentaje en tiros libres, su único lunar. Con todas aquellas mejoras aplicadas en pista se hizo con su primer MVP de la temporada regular -de los cuatro que posee-. Sin embargo, la Hidra fue vencida por Van Gundy y su magia, por lo tanto la reedición de la batalla habría de hacerse esperar.  Aunque no demasiado. Aquella caída, eso sí, tuvo sus consecuencias: Ainge volvió a demostrar su mano en los despachos incorporando a jugadores a la rotación del nivel de Rasheed Wallace o Michael Finley, dando más poder a aquella cabeza, que había andado despistada la temporada anterior. Los Cavs también cayeron ante los Magic, otra derrota del semidiós, que trabajaba y trabajaba para superar sus doce pruebas antes de alcanzar el Olimpo. Pero la Hidra se volvió a oponer en su ascenso, una vez más, en semifinales de conferencia. Pero había un matiz: aquella vez la Hidra debía salir todavía más de su cueva para visitar al semidiós. 

No importó. Una vez repartidos los primeros cuatro encuentros -dos para cada equipo-, el siempre trascendente quinto partido marcó la eliminatoria. En el Quicken Loans Arena, la némesis se ayudó de la cabeza procedente de Seattle para ajusticiar una vez más al semidiós que, abatido y destrozado, fue incapaz de arrastrar a su franquicia (3/14 en TC y 0/4 en T3 para quince puntos). En treinta y dos trozos dejó aquella noche la Hidra a sus enemigos (120-88). Todavía quedaban opciones, escasas. Así que el joven semidiós se enfrentó a su demonio pero, a pesar de sus denodados esfuerzos (27 / 19 / 10), volvió a ver desde demasiado cerca las fauces de aquel monstruo. 

Si en todas las ocasiones en que la Hidra venció al semidiós este se recompuso, aquella vez optó por otra manera de expiar sus pecados. Anunció que dejaba su tierra natal para reunirse con Dwyane Wadeya campeón en 2006– y Chris Bosh en el sur de Florida. Buscaba emular el poder de la Hidra para poder enfrentarse a ella por fin, en una lucha de igual a igual. Sin embargo, en la primera temporada del semidiós al sol, esta lucha se produjo, sí, pero no de igual a igual. En la primavera de 2011, Rajon Rondo y Kevin Garnett arrastraban sendas molestias que no permitieron que la pelea fuera tal y como la había ideado el semidiós. 

En cinco partidos encontró en su mano derecha la posibilidad de batir a aquel monstruo que tanto había bloqueado su ascenso a los cielos. Dwyane Wade firmó una serie de ensueño, liderando incluso a su equipo en el aspecto anotador, y derribando por fin, junto a su amigo, al monstruo que lo aterraba. Sin embargo, aquella victoria no fue completa. Al fin, el joven de Akron había logrado abrirse hueco, pero la Hidra estaba herida. Un bandolero teutón consiguió vencerle en la décima prueba. Casi podía asir las puertas. Pero no era el momento. 

Antes de enfrentarse a los dos últimos trabajos, James regresó a eso que para él es una obligación y una bendición: el trabajo. Tras perder las Finales ante Dallas pasó el verano entrenando movimientos al poste con Hakeem Olajuwon. La temporada, de nuevo, sería un escándalo. Repetiría tanto el MVP del año anterior como el segundo puesto en la conferencia. La temporada de los Celtics, si bien tuvo un inicio convulso por los problemas en el corazón de Jeff Green, el alma que demostró tener la Hidra se hizo patente en los Playoffs. 

Llegaron cuartos, con muchos problemas de lesiones en los secundarios, pero las principales cabezas estaban, quizá, ante su última oportunidad de ser ellas las que llegaran al Olimpo, tras haberlo visitado cuatro años atrás. Así pues, el semidiós se fue abriendo paso entre la maleza con la determinación de encontrarse con la Hidra para darle la última estocada. El enfrentamiento se produjo en el mejor escenario posibles: las Finales del Este. 

El primer golpe lo asestó el ya crecido semidiós, anotando trece puntos en el primer parcial de la serie. Sin embargo, la ventaja conseguida por los Heat se vería reducida hasta el empate, tras una enorme reacción en ataque de los Celtics, que sustentados por un juego coral perfectamente interpretado tanto por Rondo como por Garnett y Allen, conseguían apretar la contienda al descanso. Sin embargo, en la reanudación apareció la mano derecha del semidiós, que junto a este apretó en la defensa sobre los exteriores de Boston, maniatándolos hasta el 1/7 de Allen y el 5/18 de Pierce. 

No obstante, el segundo partido fue una completa exhibición de Rajon Rondo, la cabeza que resultó aparecer sin haber vislumbrado su llegada, que arrancó el encuentro anotando desde distintas posiciones y marcando una distancia considerable con los Heat, que de nuevo demostraron que estaban dispuestos a plantar cara y tumbar a la Hidra al completo. No solo la reacción del segundo cuarto donde destacó Chalmers, una mano más que ayudar al semidiós, sino el fantástico tercer parcial en defensa y contrataque dejaba todo por decidir para el último cuarto. 

Boston dominaba a dos minutos del final cuando, de repente, empezaron a surgir manos por todos lados. Shane Battier anotaba un clásico, un triple desde la esquina para empatar otra vez el partido con un suspiro por disputar. Fue la primera canasta del parcial que obligaba a Rivers a parar aquello (-4 a un minuto). Pero la siempre traicionera Hidra tenía un golpe más antes del final. Con tres puntos abajo, las cuatro cabezas empezaron a pasarse el balón: Rondo buscó a Garnett en el poste alto, que esquivaba la intercepción de Wade para encontrar en el corte por el centro de la zona a Pierce, forzando así la ayuda de James y dejando solo a Allen para mandar el partido a la prórroga. El partido lo terminaron de ganar el alcalde de Miami y el gobernador de Florida: Dwyane Wade y Udonis Haslem. Pero, según dicen, cuando cortas una cabeza a la Hidra, le salen más. 

La furia épica de la Hidra se desató en el regreso a casa, la especial sala de torturas del semidiós. Toda la sombra fantasmagórica estuvo fantástica, derrotó desde la primera mitad a su rival con la misma argucia con la que este había ganado el primer encuentro: la defensa. El segundo parcial fue una demostración del enorme poder defensivo que tenía aquel monstruo. El semidiós vaciló. Volvió a reunir a su comitiva para un nuevo intento de superar a aquello. No fue hasta el descanso cuando Miami empezó a competir alquel encuentro, de nuevo desbordado por la fluidez del juego de ataque de los Celtics. Pero la esquizofrénica naturaleza de aquella batalla depararía un claro ejemplo del camino del héroe: luchó, se rebeló ante el dominio sufrido y estuvo a punto. Siempre cerca y también lejos. La unión de James, Wade y Haslem mandó el cuarto a la prórroga. Quizá en el mejor momento defensivo de aquellos Heat, o quizá debido a la tensión vivida en la eterna rivalidad entre el aprendiz de héroe y el engendro escarlata, únicamente seis puntos fueron anotados y tanto el semidiós como su némesis vieron desde un lado el desenlace: Rondo anotaba un tiro libre y Wade se hizo cargo de la situación. Sin embargo, tras echar a Daniels de la escena con una finta, se levantó de tres y erró. La Hidra estaba viva. Y tenía hambre. 

El quinto partido siempre es para los osados, y quizá no haya otro como Garnett. Se aprovechó del regreso de lesión de Chris Bosh, tras un mes de ausencia, y dominó en la pintura y fuera de ella con resolución. Tal vez apareciera durante el último minuto del partido, con cinco segundos y viendo cómo Wade lanzaba un triple inverosímil que apenas tocaba el aro, en la mente del semidiós la idea de que, con todas las cabezas sanas, era imposible hacer frente a la Hidra. 3-2 y la posibilidad de volver a fracasar en la sala de torturas. 

Pero la sola idea de sentir de nuevo la decepción de la más sangrante derrota salvó al semidiós. En el sexto choque convirtió la sala de torturas en su sala de juegos y demostró que tenía su sitio en el Olimpo. No solo puso la firma a 45 puntos -treinta de ellos ya en la primera parte-, dominó la pinutura propia con quince capturas y repartió cinco asistencias. Enseñó un dominio del juego de espaldas en el que quizá algo tuviera que ver su trabajo con Olajuwon, anotó desde cualquier posición y ante cualquier defensa, y precisamente con eso dejó a su némesis en una borrosa criatura ovidiana. Aquel día su mano derecha no acertó demasiados golpes, pero el semidiós, como había hecho sin éxito en su tierra natal, arrastró hacia la victoria a su franquicia. 

Todo se reducía, como lo ha hecho desde tiempos inmemoriales, a una batalla definitiva. Una pelea a muerte entre el pasado que lucha por no caer en el olvido, y el nuevo viento que sopla por avanzar. El juego por encima del aro de Miami intentaba acercarse lo máximo posible en el marcador a la veloz transición y el dominio del juego en estático de los Celtics. De nuevo hubo que esperar al último momento, el último cuarto, para ver de lo que era capaz la individualidad en el contexto adecuado. Bosh y Battier martillearon a los Celtics desde el perímetro y acompañaron una excelsa actuación de James, que descansó aquella noche de junio únicamente treinta segundos. Se batió con lo peor que puede sentir el ser humano antes de alcanzar la deidad: el miedo, la desesperación y la soledad. Finalmente consiguió cortarlas todas a la vez: Pierce, Allen, Garnett, Rondo, los secundarios, Ainge, Rivers, el leprechaun y la mística verde, al dejarlas atrás, se pudo presentar ante el trueno de Durant para pasar el duodécimo y último trabajo, llegando así a ser recibido en el Olimpo. 

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