El Playmaker | La mayor historia jamás contada (Vol. 4)
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La mayor historia jamás contada (Vol. 4)

Jerry West no iba a Boston. Esa era su respuesta ante lo sufrido en los años sesenta ante la franquicia verde. Magic Johnson fue a hablar con él, convencido de que aquella sería la oportunidad que habían estado buscando: “No te preocupes, lo haremos bien. Tenemos mejor equipo”, aseveró el base ante la leyenda laker. 

Cuando llegaron los Lakers al aeropuerto Logan de Boston ya se dieron cuenta de cómo se las gastaba Red Auerbach, como personalización de la ciudad. Tras esperar toda la expedición californiana una hora para recoger sus maletas, vieron cómo salían algunas de ellas abiertas por la cinta transportadora. No faltaba nada, pero el mensaje era claro. Después de recorrer el aeropuerto rodeados de Green People -radicales de los Celtics-, los Lakers montaron al autobús que los llevaría al hotel y el propio conductor también iba ataviado con una camiseta verde. La emboscada continuó allí, ya que hasta el recepcionista del hotel llevaba su camiseta celtic y las cortinas de la habitación eran del color de la buena suerte. 

Ya en el legendario Boston Garden, un grupo de aficionados se presentó al primer partido cubiertos con sábanas blancas, representando a aquellos que apartaron de la gloria tantas veces al General Manager de los Lakers. Sin embargo, los pupilos del logo no iba a permitir que aquello volviese a suceder. Gracias a la aportación, en primer lugar, de un Kareem que contaba ya con treinta y siete primaveras y sufría de migraña, pero que a pesar de eso volvió loco a Parish  (32 puntos, 8 rebotes, 5 asistencias y 2 tapones); la defensa de Michael Cooper sobre Bird -que se quedó en 7/17 tiros de campo- y el gran partido desde la dirección de Magic, defendido por Henderson -que poco pudo hacer-, los Lakers acabaron con la ventaja de campo de los Celtics a las primeras de cambio (109-115). La decisión de K.C. Jones de emparejar a Henderson con Magic destrozó a Dennis Johnson, experto defensivo, que se había estado preparando concienzudamente para la defensa sobre el genio de Michigan State. 

Magic, con el descanso mental que le producía no tener encima a Dennis Johnson, arrancó el segundo partido con catorce puntos en el primer parcial y una facilidad de juego espectacular. Los Lakers parecían por fin dispuestos a ganar. A veinte segundos del final, con los Celtics dos abajo (111-113), McHale se dirigía a la línea de tiros libres con su 78% de acierto a cuestas. Aun así, su cara era un poema. El balón botó en el suelo antes de llegar a las manos de Kevin para lanzar. Falló los dos, largos. Magic se hacía con el rebote y pedía tiempo muerto. Un tiempo muerto que jamás debió pedir. 

Riley había indicado a Johnson que pidiera tiempo después de los libres de McHale porque estaba convecido de que irían dentro, sin embargo McHale los erró y Magic cometió un error de bulto. Los Lakers celebraban antes de tiempo -como ya habían hecho en alguna otra ocasión-. Tras el parón, Worthy sacaba de banda en campo propio, defendido por McHale. El balón llegaba a Magic que, cubierto por Bird y por McHale en el dos contra uno, devolvía el balón a Worthy. Entonces volvió a aparecer. El omnipotente leprechaun se hacía de nuevo carne, esta vez en Gerald Henderson, para robar un pase que no existía de banda a banda de Worthy, que buscaba a Scott. 

En un abrir y cerrar de ojos el partido estaba empatado. Tras un nuevo tiempo muerto, la decisión era obvia: el balón tenía que llegar a Kareem. Así pues, Worthy ponía el balón en juego para Scott, pegado a la divisoria. En un mano a mano, el cuero se lo quedaba Magic, ante la defensa de Maxwell, al que posteaba en la línea de tres, mientras Kareem se zafaba para ganar la posición contra Parish. El tiempo se consumía inexorablemente mientras Magic era incapaz de encontrar a Kareem. Cuando quiso reparar en el tiempo que quedaba, el tres rojo iluminaba el pabellón. Angustiado encontró en la cabeza de la bombilla a Bob McAdoo que veía cómo su tiro, apenas sin tiempo, era taponado por el propio McHale. La magia, por un momento, desapareció por completo. Los Lakers, al borde de la desesperación, fueron superados por poco en la prórroga, enterrados por un lanzamiento lateral del alero suplente Scott Wedman. Del claro 0-2 al 1-1 (124-121). A pesar de que los Lakers habían conseguido su objetivo, arrebatar la ventaja de campo a los Celtics, parecía que algo había cambiado con el empate en la serie. 

Sin embago, el tercer partido comenzó como el primero para los de Riley: a tres velocidades más que los Celtics. Los pasaron por encima. La soberana paliza, rodeados de todo el cartón piedra hollywoodiense, despertó a los de Massachussets (137-104). También los ayudó a despertarse el toque de atención de Bird tras la dolorosa derrota: “Es vergonzoso, de eso no hay duda. Tenemos grandes jugadores en el equipo pero hay veces que no tienen el corazón que necesitamos. (…) Hasta que no tengamos el corazón que necesitamos tendremos problemas”. Aquel fue el germen de la suciedad en la que se sumergió de lleno la serie en el cuarto partido que comenzaría de la misma manera que los anteriores.  

Los Celtics se volvieron a mostrar incapaces de parar en vuelo a los Lakers. En la reanudación, los Lakers contaban con una ventaja de catorce puntos cuando K.C. Jones pidió un tiempo muerto. En el corro, los Celtics volvieron a insistir en la necesidad de endurecer el partido, sobre todo en las zonas. En el retorno a la pista, Dennis Johnson lanzó un airball y los Lakers salieron al galope. Kareem sacó un pase de baseball hacia Worthy, que conectaba con Rambis, al que McHale, en mitad de la penetración, agarró del cuello para echarlo al suelo en una de las jugadas más sucias que se recuerdan, sin castigo más allá de la personal. Se formó una tangana y la serie dio un vuelco. 

Los Lakers estaban completamente fuera del partido, con mayor rotundidad Kareem, que era el jugador más calmado de la plantilla. En el aspecto psicológico, los Celtics eran superiores a los Lakers desde Oregon a Florida. A partir de aquel momento, la remontada era una hecho. Kareem estaba en el banquillo con seis faltas, el balón era para los Lakers y el marcador, igualado. La situación era similar a la del segundo partido. El balón era de Magic con dieciséis segundos por jugar. Tras un doble bloqueo se quedaba en el lateral derecho, posteando a Dennis Johnson. Dejó pasar los segundos de nuevo. En esta ocasión, el que esperaba el pase de Magic era Worthy, a cuatro metros del aro con Parish en una defensa en tres cuartos perfecta. Magic volvió a colapsar, el balón fue cortado por Parish y el partido se iba a la prórroga, donde Magic, con 123-123 fallaba dos tiros libres consecutivos a treinta y cuatro segundos del final. 

En el otro lado, la estrella sí respondía. Maxwell recibía en el lateral izquierdo del ataque de los Celtics, mientras se producía una serie de indirectos en mitad de la zona. Cooper cayó al suelo y Bird recibió para pasar a la esquina a Dennis Johnson. Con la caída de Cooper, la defensa de Bird pasaba a estar a cargo de Magic. Tras un par de agarrones mutuos, Bird ganó la posición. Dennis Johnson no erró el pase, y en un fade-away marca de la casa, Bird ponía el 125-123. Tras un partidazo de Worthy, fue el alero de nuevo el que acabó con las esperanzas de los californianos. M.L. Carr y Henderson lograron meterse en la cabeza de Worthy para que fallara el primer tiro libre que podría haber ayudado a empatar el partido. No contento con ese error, con 127-124 para los Celtics, Worthy volvía a entregar un pase, esta vez al deslenguado M.L. Carr para matar el partido a la contra y dejar la serie en un puño, aunque la batalla mental ya estaba ganada (2-2). 

El quinto encuentro será recordado siempre por los aficionados de esta liga como uno de los partidos más insoportables de presenciar de la historia. Por el ambiente en el Boston Garden, no por lo vivido en la pista. Se registraron entre 36º y 46º, entre las gradas y los vestuarios. El Forum tenía aire acondicionado ya entonces, pero el Garden, como decía Maxwell, era un ragged barn (granero andrajoso). El calor afectó de manera extraordinaria a los jugadores de los Lakers, que se encontraron ante una encerrona monumental. Pérdidas por doquier y la frustración de pensar que todo aquello estaba orquestado por el leprechaun hecho hombre: Red Auerbach, que se relamía desde la grada. La deshidratación no fue únicamente cosa de los jugadores, ya que incluso el árbitro Hugh Evans tuvo que abandonar el partido por ello. Aunque si alguien dijera que el calor afectaría a los dos equipos por igual, evidentemente esto no fue así, porque Larry Bird se enfundó la capa de héroe paleto para llevar a la victoria a los Celtics, obviando el tremendo sofocón ambiental que sí acabó con los hollywoodienses. Aquello no era nada parecido al calor estival de French Lick, como bien quedó demostrado en la estadística: 34 puntos -con 15/20 en tiros de campo- y 17 rebotes para Bird. De todos los colores y sabores: tiros desde el perímetro, penetraciones con la mano izquierda, tiros desde el poste y palmeos al contraataque. Mientras, en el banquillo rival, Kareem necesitaba una mascarilla de oxígeno para poder respirar. El 121-103 final dejaba la serie a una sola victoria de reeditar lo de siempre (3-2). 

Entre el quinto y el sexto partido, el nuevo comisionado, David Stern, se subió a un ascensor y empezó a hablar con un grupo de hombres que llevaban la camiseta de Bird. Allí, les preguntó su procedencia, a lo que uno de estos respondieron: 

-Somos de Indiana, amigos de Larry.

-Por Dios, decidle que se lo tome con calma -bromeó Stern-. Necesitamos que esta serie se vaya a siete partidos. 

No es difícil pensar que aquello no sentó nada bien en el 150 de Causeway Street. Sin embargo, el sexto partido estuvo marcado por la actitud de los Celtics, ante la cual los Lakers intentaron jugar sucio, como su rival. Worthy empujó en el aire a Maxwell entrado el primer parcial y aquello, sin duda, se trataba de la demostración de las intenciones de los Lakers. Sin embargo, los Celtics estaban convencidos de su victoria ya en el sexto, pero apareció Byron Scott para dar alas a los Lakers con cuatro tiros anotados consecutivamente. Aquella irrupción fue continuada por las dos estrellas de los californianos, con la clásica actuación de Kareem (30 puntos y 10 rebotes) y de Magic (21 puntos, 10 asistencias y 6 rebotes) para el 119-108 final. Así fue cómo la broma de Stern se convertía en una realidad. Las Finales se embocaron al mejor partido que se puede ver en el mundo del deporte. En el mejor lugar posible. El Boston Garden. 

12 de junio de 1984. Boston, Massachussets. El Garden ardía mientras esperaba la entrada en pista de sus jugadores y de los deleznables Lakers. Jabbar y Parish arriba y el séptimo estaba en marcha. Nunca jamás había ganado Los Angeles un anillo contra su némesis y, mucho menos, un séptimo partido. Y todavía menos, un séptimo partido en el Boston Garden. El peso de la historia caía a plomo sobre los hombres de LaLaLand. 

Maxwell realizó uno de aquellos partidos por los que se le recuerda tanto en el Garden. Se echó el equipo a la espalda desde el principio, con Worthy descontrolado, ya que no podía pararlo. Tenía a Worthy en el bolsillo. Los Lakers estaban a punto de morir cuando empezaron a carburar al ritmo de Magic. El apagón en los Celtics llegó a tal, que a falta de un minuto y diez segundos, los catorce puntos de ventaja se esfumaron (105-102), sin embargo, una vez más, apareció Tragic para perder dos balones en el ataque de los Lakers -ante Dennis Johnson y Robert Parish- y, al fin, estaban muertos. Cuarenta y cinco segundos restaban, pero nada había que hacer. La historia era muy pesada para las livianas espaldas de los californianos, que veían desde el otro lado de la cancha cómo M.L. Carr se convertía en campeón, cómo sonreía y saltaba el mejor jugador del mundo, cómo alzaba los brazos al cielo Kevin McHale o cómo se acercaba Danny Ainge a saludar a K.C. Jones, el enlace entre las dos grandes generaciones de Celtics de la historia. 

Todavía resuenan en la memoria de todos los aficionados celtics -los que lo vivieron y los que no- las palabras de Red Auerbach en la entrevista posterior al partido, en el vestuario, donde se cimentan las victorias: “Whatever happened to that Laker dynasty? Here is where it is. Here’s the dynasty”. 

 

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