El Playmaker | No existiría el juego sin el baloncesto callejero
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No existiría el juego sin el baloncesto callejero

El juego ideado por el doctor James Naismith estaba pensado para suplir a los deportes de exterior durante los largos inviernos del norte de América. Sin embargo, cuando se expandió ya en los años treinta del siglo XX, la ciudad de Nueva York, cuna del baloncesto callejero, lo adaptó a las circunstancias. Nueva York reivindicaba el deporte de Naismith jugado en la calle, reinterpretado y reiniciado al estilo neoyorkino.

La expansión del baloncesto se puede ver con claridad con el siguiente dato. En 1934, la ciudad de Nueva York albergaba 119 canchas en sus cinco barrios. Tal fue la propagación de la reinvención del juego de Naismith que en 1960 había setecientas setenta y siete canchas repartidas por toda la geografía de la Gran Manzana.

La única norma que regía -y siguen haciéndolo- el baloncesto callejero es simple: los equipos los formaban los jugadores que estaban esperando. Ni árbitros, ni ligas, ni horarios. Sólo baloncesto. Interpretado a su manera por sus jugadores. En las canchas de Nueva York se han forjado algunas de las mayores leyendas de la historia del juego, incluyendo a Julius Erving, Wilt Chamberlain o Lew Alcindor, más conocidos entre las paredes, o a Earl Manigault y Pee Wee Kirkland, más conocidos entre las vallas.

Julius Erving en Rucker Park

La historia de Manigault y Kirkland es la historia de un playground, uno de los 777 que ya había en 1960, y no es otro que Rucker Park. Situada entre la calle 155 y la octava avenida, en Harlem, es la cancha callejera más famosa del mundo.

El parque recibe el nombre de Holcombe Rucker, que fundó el torneo de baloncesto urbano de Harlem, celebrado anualmente en Rucker Park, aunque en los comienzos se celebraba en un patio de la séptima avenida entre las calles 128 y 129. El torneo ideado por Rucker tenía la finalidad de distraer a los jóvenes de Harlem del ambiente de drogas del barrio y, además, dignificar el baloncesto callejero. Sin embargo, el viejo Holcome no sólo quería que los chavales dejaran durante un tiempo las calles, sino también que recibieran una educación. Bajo el eslogan Each one teach one, hacía que los que sabían leer enseñaran a los que no habían tenido la oportunidad de aprender. Esto ayudó a más de setecientos jóvenes a conseguir becas de baloncesto con las que financiar su educación.

Todo el apoyo a la comunidad de Rucker se vio recompensado con un tributo de la propia ciudad de Nueva York, cuando renombró la cancha número 156 como Holcombe Rucker Playground en honor al hombre que había cambiado la visión del mundo sobre el baloncesto callejero. El torneo se trasladó al Rucker Playground en 1965, el mismo año que Rucker fallecía a la edad de 38 años a causa del cáncer.

A pesar de los intentos de Rucker por sacarlos de las calles durante un tiempo, los jugadores no tenían otro sitio al que volver cuando salían del playground. Así, varias de las grandes estrellas de la calle no pudieron escapar de las drogas que campaban a sus anchas por el barrio. Dos grandes ejemplos: el considerado mejor jugador de la historia del parque y de la ciudad, Earl Manigault, mejor conocido como The Goat o Pee Wee Kirkland, aunque cada uno de una manera.

Como bien refleja Gonzalo Vázquez en 101 Historias NBA, The Goat era el jugador-adicto a la heroína, y Kirkland, el dealer “más presumido de todo Harlem”, el único que podía permitirse no llevar unas Chuck Taylor en todo el barrio. El caso de The Goat es paradigmático de cualquier chaval negro de Harlem en los sesenta y setenta. Vivía absolutamente en la pobreza, y su única vía de escape era el baloncesto hasta que comenzó a coquetear con las drogas. Ya había tenido actuaciones antológicas en el instituto antes de empezar a fumar marihuana, detonante de su expulsión del Franklin High School, teniendo que ingresar en otro instituto, de vuelta a su Carolina del Norte natal. Recibió multitud de ofertas de los mejores planes deportivos de la nación, entre ellos el de Duke y el de North Carolina, sin embargo, se decantó por la Johnson C. University, que únicamente aceptaba alumnos negros. De nuevo problemas, esta vez con su entrenador, que le devolvieron a los seis meses a Harlem.

The Goat en Rucker Park

Con 1,85 de altura, era capaz de todo en el aire, lo que le dio un nombre en su regreso a Rucker Park. Una de sus habilidades consistía en el double dunk, es decir, en introducir en el aro un mate con la mano izquierda y coger el balón al vuelo para realizar un segundo mate en la misma acción. Gracias a todo ello, las vallas de la pista congregaban a una multitud para verlo jugar. Pasó toda su vida jugando al baloncesto en Rucker Park, todos los partidos que podía y todo el tiempo que quería. Sin embargo sus acercamientos a las drogas se agravaron cuando se convirtió en heroinómano. Con veinticinco años tuvo que pasar dieciséis meses en prisión por posesión. Esto lo convirtió todavía más en una leyenda cuando regresó al playground al salir de la cárcel. Se dice que llegaron a verle diez mil personas en The Rucker. Volvió una vez más a ingresar en prisión, y se dio cuenta de que ese no era el camino que quería seguir. No valía la pena. Tras un breve paso por Charlestone junto a dos de sus hijos regresó a Harlem. Se operó de los problemas cardíacos ocasionados por la heroína y dedicó sus últimos años a los jóvenes del barrio, para que no erraran donde él lo había hecho. Pero el estigma del adicto lo siguió hasta la tumba, ya que a pesar de haber sido quizá el mejor jugador de la historia no profesional, apenas se vio acompañado en su funeral. No obstante, la leyenda siempre prevalecerá sobre el hombre, llegando incluso un jugador como Kareem Abdul-Jabbar a considerarle el mejor jugador al que se ha enfrentado.

Por otro lado, Pee Wee Kirkland fue el ejemplo del otro lado: el jugador-camello. Kirkland fue a Kittrell College, en Carolina del Norte, con una beca deportiva, donde promedió 41 puntos por encuentro. Tras pasar por la Norfolk State University, donde únicamente perdió dos balones durante una temporada completa, en 1969 fue drafteado por los Chicago Bulls en el cuarto pick de la décimo tercera ronda. También se comenta que no aceptó la oferta porque ganaba más dinero como camello que lo que hubiera ganado como un 13ª ronda. Al igual que The Goat, Kirkland fue a la cárcel en varias ocasiones, la primera de ellas en 1971. Cuando salió del Correccional Federal de La Tuna en Texas, donde llegó a conseguir 135 puntos en un partido, decidió abandonar el mundo de las drogas para dedicarse a dar charlas motivacionales a lo largo y ancho de Estados Unidos, además de entrenar en las canchas que le dieron notoriedad. Más tarde, demostró que el baloncesto callejero también puede enseñar táctica de juego, no únicamente técnica: fue campeón de instituto varias veces en The Dwight School, una prestigiosa escuela privada del Upper West Side de Nueva York. Incluso consiguió sacarse un máster en Human Services en la Universidad Lincoln.

Kirkland fue uno de los mejores jugadores que jamás hayan pisado The Rucker, y lo hacía en una época en la que se enfrentaba a jugadores como el Dr. J o Tiny Archibald. Pee Wee atribuye a los partidos jugados en Rucker Park la invención de algunas de las jugadas clásicas del baloncesto actual, como el pick and roll, o sentencias tan de actualidad como el célebre “Go hard or go home”, ya que en Rucker Park no se jugaba más que por el respeto del resto de jugadores. También se acuña en los playgrounds la actitud altiva de los jugadores de baloncesto. De nuevo en palabras de Pee Wee, no valía de nada alardear si luego no hacías nada en la pista. El objetivo era humillar lo máximo posible al rival. De ahí, y de juegos como el 21, que consistía en un todos contra todos individual hasta que un jugador anotaba todos los puntos, surgió el manejo de balón tan característico de los jugadores neoyorkinos, como por ejemplo el de Stephon Marbury, más cercano a nuestros días que los anteriormente mencionados. Puede que sea la actitud altiva a la que hacía referencia más arriba, o que lo dijera el mismísimo Oscar Robertson, pero el propio Kirkland se atribuye la creación de uno de los movimientos más espectaculares del baloncesto: el crossover, que popularizaría y haría suyo ya a finales de los noventa Allen Iverson.

Pee Wee Kirkland en Rucker Park

Es importante, pues, señalar al baloncesto callejero como la fuente más inagotable de técnica individual que haya visto el mundo. En Rucker Park, por poner el ejemplo más claro, nació una nueva manera de entender el arcaico juego que puso en marcha James Naismith, más libre, tal vez donde más talento puro se haya visto. Con el paso del tiempo, hay un sinfín de jugadores que se han visto influidos e influenciados por el baloncesto jugado en los playgrounds, que al fin y al cabo, es el que levanta a la gente de sus asientos, tanto en el glamuroso Madison Square Garden, como en la pista callejera de tu barrio.

 

It wouldn’t be no game without street basketball.

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