La mayor historia jamás contada (Vol. 1)

La mayor historia jamás contada (Vol. 1)

Todo en este mundo tiene un principio y un final. El punto de inicio de la franquicia más laureada de la historia de la NBA se remonta a 1945, cuando el manager del Boston Garden, Walter A. Brown, hijo del anterior manager del pabellón, decidió que la ciudad de Boston debía tener un equipo de baloncesto. Sin embargo, Brown no sólo impulsó la creación de los Celtics, sino también ayudó a crear la Asociación de Baloncesto de América (BAA) y a unirla con la Liga Nacional de Baloncesto (NBL) para fundar la actual NBA en 1949.

 

La franquicia, que disputaba la BAA en los años cuarenta, no se situaría en las posiciones de privilegio de la liga hasta su segundo lustro. Para ello, tuvo que aparecer la primera estrella verde: el base neoyorkino Bob Cousy. La llegada de Cousy a Massachussets no fue sencilla ni directa. Tras jugar para Holy Cross, Cousy fue drafteado con el número tres por los Tri-Cities Blackhawks, que pronto lo enviaron a los Chicago Stags, que desaparecieron antes del inicio de la temporada. Debido a esta circunstancia, el jugador salió a sorteo, así como dos jugadores más de los Stags. Sus nombres se introdujeron en un sombrero, y en la habitación de un hotel en el que se encontraban los dueños de los Celtics, Knicks y Philadelphia Warriors, cada uno sacó un nombre: “Cuando elegí a Cousy, estuve a punto de caerme al suelo”, diría Walter Brown después.

 

Esa misma temporada, la 50-51, Cousy fue capaz de lavar la cara a su equipo, convirtiéndose en el primer jugador capaz de aunar las capacidades de dribling, tiro y pase a la velocidad que lo hacía Mr. Basketball. En los años siguientes pasó a ser el primer base de la historia en conseguir ser el máximo asistente de la liga en ocho temporadas consecutivas, récord que perduró hasta la racha de nueve seguidas de John Stockton (87-88 hasta 95-96). Todas estas capacidades lo llevaron a ser All Star todas sus temporadas en activo -trece- y fue MVP en 1957, ya con Bill Russell en el equipo. Aquel fue definitivamente el despegue del folclore céltico: el draft de 1956.

 

Auerbach tenía en su cabeza hacerse con Bill Russell, un joven pívot que acababa de rehusar la oferta de los Harlem Globetrotters para unirse al equipo más divertido del mundo. La defensa y la abrumadora capacidad de atrapar rebotes eran las dos cualidades que faltaban en los Celtics y que Auerbach pensaba que podría aportar Russell. Sin embargo, las opciones para hacerse con él eran mínimas, ya que la temporada anterior los Celtics habían quedado segundos, lo cual les impediría llegar arriba en la lotería. Aun así, Auerbach contaba con que los Royals, que tenían el primer pick, irían a por Maurice Stokes, ya que Russell pedía 25,000 dólares que no estaban dispuestos a pagar. Por ello, Russell fue seleccionado por los St. Louis Hawks. El cielo se abrió para Auerbach. Los Hawks querían a Ed Macauley, jugador celtic procedente de St. Louis, que llegó seis veces al All Star en la franquicia de Massachussets. Russell, a cambio de Macauley y el rookie Cliff Hagan. Parece una nimiedad pensando en lo que estaba por llegar. Pero no fue únicamente Russell el que saldría de aquel draft. K.C. Jones y Tom Heinsohn también fueron a parar a los Celtics, formando junto a Russell la incorporación de tres futuros Hall of Fame.

 

Y no se hizo esperar el primer título. La temporada de rookie de Russell se saldó con unas Finales ante los St. Louis Hawks, la franquicia que hizo posible que Russell jugara de verde. No fue nada fácil. La eliminatoria se fue a los siete partidos. El marcador reflejaba un igualado 103-102 para los de Auerbach. El balón era para Jack Coleman, ala-pívot de los Hawks en media pista. Bill Russell todavía estaba bajo el aro rival cuando Coleman recibió. El extraordinario pívot cabalgó la pista como un poseso para taponar la, a priori, sencilla bandeja. La jugada dio vida a los Celtics que se lograrían imponer en la prórroga por 125-123. Acababa de terminar la Final, pero algo más grande no había hecho nada más que comenzar.

 

La trascendencia de Russell en el juego de los Celtics hizo que su baja a partir del tercer partido de las Finales de la temporada siguiente, de nuevo ante los St. Louis Hawks, causara la derrota de los Celtics, consiguiendo su revancha ante el ex equipo de Macauley. Con el germen, no solo de equipo campeón, sino de equipo herido por haber perdido unas Finales, los Celtics consiguieron tener el mejor récord de la NBA en la 58-59 (cincuenta y dos victorias) y acabaron con los Lakers, todavía en Minneapolis, por un contundente 4-0, promediando Russell 29,5 rebotes por noche y con tres jugadores por encima de los 22.5 puntos por partido. Aquellas fueron las primeras Finales ganadas de las ocho consecutivas de la franquicia de Massachussets. Enfrente de nuevo viejos conocidos, como los St. Louis Hawks en dos ocasiones; los Philadelphia Warriors de Chamberlain, en las Finales de División de 1960; o los Lakers, ya instalados en Los Angeles y viendo cómo perdían una y otra vez ante los Celtics. Desde George Mikan no se había visto una superioridad parecida en el juego y los resultados.

 

Entre las gigantomaquias libradas por Russell y Chamberlain, el impulsor desde la pista de los primeros tiempos de felicidad verde se retiraba. Antes de la temporada 62-63, Bob Cousy ponía fin a su carrera con 35 años. Cousy decía adiós en un tributo que duró veinte minutos y se suponía que debería durar siete. No había una sola faz en el Boston Garden que no estuviera anegada en lágrimas. Quizá ya en aquellos duros momentos, Red Auerbach estaría pensando en quién iba a sustituir a todo un totem de los Celtics. Otro Hall of Fame sería drafteado por Boston aquel verano: John Joseph Havlicek.

 

Hondo, como se le llamaba por su parecido físico con John Wayne en la película del mismo nombre, también fue un revolucionario. Sin ser titular, fue el primer agitador desde el banquillo de la historia de la liga, como atestiguan sus números en los Celtics, que lo acreditan como el máximo anotador de toda la historia de la franquicia. Además de anotar, Havlicek fue clave para que la dinastía céltica continuara su camino tras la retirada de Cousy. Por ejemplo, en el séptimo partido las Finales de Conferencia de 1965, ante Chamberlain y sus Philadelphia 76ers, el marcador estaba 110-109 para Boston y tenía saque de fondo en campo de ataque Philadelphia con cinco segundos por jugar. Hal Greer tenía el balón en sus manos para buscar a Chamberlain previo paso por Chet Walker. Sin embargo, una sombra se opuso a ese primer pase, sacando el contraataque para Sam Jones, muriendo así la serie y clasificando de nuevo con una acción milagrosa a los Celtics para las Finales, de nuevo ganadas a Los Angeles Lakers con facilidad.

 

 

 

La siguiente temporada concluiría de la misma manera, con los 76ers eliminados en el penúltimo escalón y los Lakers cayendo en el séptimo partido. La temporada 65-66 fue la última que vio a Bill Russell en pista y a Red Auerbach en el banco. Aquella primavera, justo antes de los Playoffs, tuvo lugar una reunión entre Russell y Auerbach, en la que el entrenador confesaba a su pupilo y amigo que dejaba el puesto a final de temporada. Russell intentó convencerlo sin éxito. Fue entonces cuando Auerbach dijo: “Russ, ¿quieres el trabajo?”

 

Russell contestó en primera instancia que no, con la esperanza de que Red se mantuviera en el banquillo. Sin embargo, al concluir la temporada, Auerbach pidió a Russell una lista con los posibles sucesores. Russell llegó a la reunión sin ningún nombre. Así que Auerbach le propuso uno. Russell montó en cólera, puesto que conocía al tipo y era un racista redomado. La vida de Russell siempre ha estado marcada por la segregación, además de ser un negro en un ambiente eminentemente blanco con Boston. Lo que le faltaba era un hombre irrespetuoso dándole órdenes. Al fin y al cabo, Auerbach consiguió su cometido, como tantas veces lo había hecho: Russell terminó aceptando el cargo de jugador-entrenador. Se convirtió así en el primer negro en dirigir a un equipo de las grandes ligas americanas. Auerbach, entonces, se hizo con el mando de las operaciones como general manager, manteniéndose en el puesto hasta los ochenta.

 

La primera temporada de Russell como entrenador-jugador se saldó con el primer anillo de Wilt Chamberlain, tras eliminar a Boston en las Finales de Conferencia. Sin embargo, poco había cambiado, puesto que Russell vio crecer su leyenda alcanzando dos nuevas Finales de la NBA ante los Lakers, ganando ambas a pesar de la monstruosa actuación de Jerry West en 1969, que le valió únicamente para ganar el MVP de las Finales como perdedor, primer y último jugador en lograrlo. El misticismo celtic no se quedaría solamente en eso, sino que el séptimo partido en Los Angeles parecía el final de algo. El final del dominio de Boston. El mítico partido de los globos. Jack Kent Cooke, el dueño de los Lakers, había preparado la fiesta del título por si se conseguía el anillo. Alguien fue a Russell con la cantinela de que la fiesta estaba lista. Él, sosegado, negó con la cabeza.

 

A falta de 5:45, Wilt Chamberlain se lastimó la rodilla y pidió el cambio. La soledad le vino a la perfección a West, que comenzó a anotar un tiro tras otro, llegando el marcador a reflejar un 103-102 a falta de tres minutos. El gigante pidió su ingreso en pista, pero su entrenador, Breda Kolff, se negó. Quedaba poco más de un minuto cuando un robo sobre Havlicek llegó rebotado a las manos de Don Nelson, que rodeado por tres jugadores de los Lakers conseguía armar el tiro, que previo rebote en la parte trasera del aro, acabó entrando. Aquella diferencia sería ya insalvable para los Lakers, que veían como perdían su séptima final consecutiva ante los Lakers. 

 

 

Los globos se quedaron en la red, tocándose unos a otros con la misma rabia que mostraban los jugadores de los Lakers, que en aquel momento veían imposible reeditar lo que George Mikan había conseguido en los cincuenta. En el otro lado, Bill Russell se retiraría sin haber perdido una sola final de la NBA ante los Lakers, enlazando la mayor racha de la historia del juego con ocho títulos para once totales en trece temporadas. El retiro del jugador más importante de la historia celtic conllevaría unos años de caminar por el desierto: los funestos años setenta.

Acerca del autor

Alvaro Navalon Rodriguez - El Playmaker
| + artículos

Enamorado del baloncesto, que ha vivido como jugador, entrenador, delegado y aficionado. Ahora se dedica a contarlo. También considera el cine como la confluencia de todas las artes y, por ello, el arte definitivo.

Post a Comment

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies