La posibilidad de lo imposible

La posibilidad de lo imposible

“Con una gran mezcla de emociones les cuento que decidí retirarme del básquet. ENORME GRATITUD para mi familia, amigos, compañeros, DTs, staff, aficionados y todos los que fueron parte de mi vida en estos 23 años. Fue un viaje fabuloso que superó cualquier tipo de sueño. GRACIAS!”.

 

De esta manera, a través de Twitter y sin grandes alardes, demostrando claramente en mayúsculas la tremenda humildad de la que siempre hizo gala, se despedía del mundo del baloncesto activo el mejor jugador latinoamericano de todos los tiempos, Emanuel David Ginóbili. 

 

Es muy complicado, a pesar de ello, detallar la figura de Manu a través de las estadísticas, puesto que no le hacen justicia, ni siquiera las de los Playoffs de 2005 -el pico de su carrera- o las de las Finales de aquel mismo año, en las que se quedó a un solo voto de ser nombrado MVP, dos años antes de que Tony Parker fuera el primer extranjero en conseguirlo, ya que tanto Hakeem Olajuwon como Tim Duncan tenían la nacionalidad en el momento de ganarlo (el nigeriano se naturalizó estadounidense en 1993 y el virgenense recibió la nacionalidad en cuanto nació). Aunque, si se tiene una micra de constancia de la naturaleza del argentino, se puede elucubrar que lo realmente importante para él era ganar el título. De nuevo un signo más de la grandeza de Ginóbili. 

 

Al igual que es harto difícil establecer una ponderación de su carrera a través de los números, es inútil trazar una biografía de Manu, puesto que ya se conoce casi todo de él. Es, por lo tanto, cercanamente imposible que un amante del baloncesto no sepa que nació en Bahía Blanca, al sur de la provincia de Buenos Aires, en la que comenzó a dar sus primeros pasos de la mano de su íntimo amigo Pepe Sánchez y del entrenador Óscar “Huevo” Sánchez, amigo de Jorge Ginóbili -el padre de la criatura-, que no sólo se lo llevó al Club Andino de La Rioja, donde lo hizo debutar en la Liga Nacional de Básquet, sino que ya entrenó el manejo de balón de Manu cuando este contaba únicamente con cinco años. En el Andino, años después de que su pediatra le informara de que llegaría como máximo al 1,85, Ginóbili creció hasta el uno noventa y cuatro. Durante aquel año su nivel empezó a hablar por él, tanto en Argentina como en Europa. Sin embargo, todavía no era el momento, que llegaría tras regresar el año siguiente a Bahía, a Club Estudiantes, para empezar a recoger galardones antes de que la liga argentina se le quedase pequeña. Cuando esto ocurrió, Manu empaquetó sus cosas y se marchó al mejor mercado fuera de la NBA: la Lega. 

 

Manu cuando jugaba en el Andino con jugadores de su siguiente club: Estudiantes

 

En el mismo verano en que dio el salto a Europa, R.C. Buford, director de scouting de los Spurs, conoció a Manu. Fue durante el Mundial sub-22 de Melbourne, al que acudió a ver a otros jugadores de la Generación Dorada, como Fabricio Oberto. A pesar de que este era el objetivo, Buford se encontró con el futuro de la franquicia. Dejó pasar el tiempo, y a finales del ’98, con la liga huérfana tras la segunda retirada de Jordan, Buford se puso en contacto con Julio Lamas -seleccionador de Argentina entonces- para preguntarle por Oberto y Ginóbili. A los seis meses de escribir aquel correo, los San Antonio Spurs querían mover su elección de segunda ronda en el Draft del ’99. Aquella acción finalmente no se pudo realizar, y se encontraron con que Ginóbili no había sido elegido. Un regalo caído del cielo, ya que la elección 57 -de 58- era para los Spurs, que la utilizaron para seleccionar a Emanuel David Ginóbili. 

 

El salto, de nuevo, se pospuso. Tras ser elegido, Ginóbili dejó la Reggio Calabria. A pesar de tener una oferta de tres millones de Olympiacos, decidió aceptar la oferta de la Kinder de Bolonia. Principalmente tres fueron sus razones para recalar en Bolonia: el consejo de su madre diciéndole que en Grecia no había triunfado ningún argentino, la idiosincrasia italiana más similar a la argentina que la griega y, finalmente, jugar junto a uno de sus ídolos, Saša Danilović. Esta última razón se vino abajo cuando, tras llegar Manu a Bolonia, Danilović se retiró. Visto con perspectiva, el serbio se equivocó. No únicamente por haber jugado junto a Manu, sino por el éxito que Manu dejó atrás cuando se marchó a Estados Unidos. En dos años en la Kinder, se hizo con el triplete la primera temporada (Lega, Coppa y Euroliga) junto al MVP del torneo continental y el subcampeonato de la Euroliga ’02, junto a un nuevo MVP, conseguido a pesar de perder la final ante Panathinaikos. Aquella Euroliga dejó claro que, al igual que había ocurrido con la liga argentina, Europa se había quedado pequeña. Apareció entonces Popovich, que se encontró con Manu en el Mundial de Indianápolis de 2002, siendo asistente de George Karl. 

 

En el estado en que se respira más baloncesto de toda la unión, Manu hizo un torneo bestial. Argentina logró derrotar a los Estados Unidos en cuartos de final con una actuación estelar del escolta. El salto ya era un hecho. No obstante, los inicios en San Antonio fueron duros. Hay que tener presente que los Spurs de entonces no eran los actuales, ni el Popovich de entonces era el Popovich de hoy. De hecho, el entrenador llegó a confiarle a Mike Budenholzer que no creía que fuera capaz de entrenar a Manu. Las broncas y las llamadas al orden eran una constante en los entrenamientos, creando así numerosas dudas en el juego de Ginóbili, ya que él quería el balón, pero la única manera de conseguirlo pasaba por las manos de Tim Duncan. Esto quedó de manifiesto el día de la entrada de Ginóbili en la liga, que tuvo mucho de poético, ya que aquel 29 de octubre de 2002, en la visita de los Spurs al Staples Center para enfrentarse a Los Angeles Lakers, la primera canasta de Manu en la liga llegó a aro pasado tras una asistencia de Duncan. En aquel sistema de poste bajo y ritmo lento, Manu no encajaba. Además, estaba Bowen. Durante los entrenamientos, el emparejamiento natural era Manu-Bruce, y como es bien sabido, Bowen no te daba ni los buenos días entrenando. Poco menos que maltrato era lo que recibía entreno tras entreno el de Bahía. Aquello, huelga decir, lo endureció hasta el Manu que todos conocen. 

 

En 2003, año del primer anillo de los Spurs con Ginóbili en la franquicia, empezó a recibir loas de todas las direcciones posibles. El propio Kobe Bryant, tan poco dado a elogiar a nadie, levantó la voz tras un partido ante Manu, que le anotó diecisiete puntos sin triples.

“Debo darle el crédito que merece. Este tío es muy bueno”, decía entonces Bryant de Ginóbili.

 

Desde los Spurs recibió el mayor cumplido que puede recibirse. Tras su retirada, David Robinson llegó a comentar que cuando se sentara, tenía muy claro a quién tenía que seguir. “Este chico es auténtico oro”, terminaría diciendo. 

 

Llegaron entonces, tras ver todo el mundo la caída de los Lakers de Phil Jackson y Shaquille O’Neal, los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. La Generación Dorada se forjó tras caer ante Yugoslavia en 2002, montando una cena de hermanamiento que derivaría en una fiesta. La familia estaba formada, solo necesitaba otra oportunidad. Esta llegó en el debut ante Serbia. Quedaban 28 segundos para el final cuando Dejan Bodiroga erró un tiro libre, dejando el marcador en 81-78 para Serbia. El rebote del segundo terminaba en manos argentinas, de Bahía, en manos de Pepe Sánchez. Cruzó la pista y abrió al flanco derecho del ataque argentino, donde estaba Carlos Delfino, que encontró con facilidad a Manu, centrado. Recibió un bloqueo de Oberto hacia su lado bueno, el izquierdo, por el que penetró para sacar un dos más uno salvador, completado sin apuros. 15,4 segundos para la bocina. El balón era para Rakočević, que en el pick and roll encontró a Tomasević, quien recibió falta de Oberto con menos de cuatro segundos por jugar. El primero, errado. El segundo, dentro. Uno arriba para Serbia, sin tiempos muertos Argentina. El balón para Montecchia, que con un pase de media pista encontraba a Manu, ya dentro del triple, con un segundo por jugar. Manu, en un escorzo imposible, irrepetible e inenarrable, para lanzar con su mano izquierda, anotaba un canastón ante Rakočević que será siempre recordado por la hinchada argentina.

 

 

Después de aquello, se reeditó el enfrentamiento ante los Estados Unidos con idéntico resultado. Victoria, 29 puntos de Manu y los estadounidenses todavía lo están buscando. Sin embargo, el milagro argentino llegó un partido después, en la final ante Italia. La noche anterior al enfrentamiento con su pasado, estaban los argentinos jugando a las cartas en el hotel hasta bien entrada la madrugada. Entonces decidideron salir a correr para relajar los músculos antes de acostarse. Cuentan que los italianos estaban en la misma disposición -con las cartas- cuando vieron pasar por debajo de sus balcones al equipo argentino, ganándoles la primera posesión de la final y, a la postre, el título de Campeones Olímpicos. 

 

En aquel periodo, desde la llegada a la Kinder hasta el oro olímpico, Manu se hizo con una Lega, dos Coppas, una Euroliga, la NBA y los Juegos Olímpicos. Aquel mismo verano, los Denver Nuggets llegaron con una gran oferta, pero su fidelidad habló nuevamente por él y terminó firmando con los Spurs por 52 millones de dólares. Después de aquello, llegó el pico de carrera de Ginóbili, los Playoffs 2005. 

 

La época de su vida en la que más indefendible se mostró el escolta. Sus labores durante el Clutch Time, unidas a su magnífico entendimiento del juego, el tempo del partido y el playmaking hicieron de Ginóbili una estrella absoluta. Denver en cinco, Seattle en seis y Phoenix de nuevo en cinco fueron las víctimas de los Spurs durante aquella postemporada, hasta encontrarse con el equipo que había enterrado por fin a los Lakers el año siguiente a la primera estocada, dada por los Spurs en 2003. Aquellas Finales, las de peor audiencia de la historia de la liga, enfrentaron a los Detroit Pistons de Larry Brown y a los Spurs que todavía eran los del ritmo lento y poste bajo. Tácticamente un lujo para los entrenadores y una tortura para el espectador medio. 

 

La dura pelea bajo los aros de aquellas Finales (Nathaniel S. Butler/NBAE via Getty Images)

 

El primer partido (84-69) fue dominado de principio a fin por Ginóbili y Duncan. Para ello, la actuación de Bowen fue crucial, puesto que no dejó recibir cómodo en ningún momento a Richard Hamilton, dificultando así hasta la mejor posibilidad la anotación de los de Michigan. Como se señalaba con anterioridad, tanto en el Clutch como con su enorme manejo de los tiempos, Ginóbili sentenció a los Pistons, que vieron como quince de los veintiséis puntos de Manu eran conseguidos en el último cuarto para cerrar el partido. El dominio del escolta se extendió al segundo encuentro, de nuevo por encima de los 25. La otra clave estuvo en el juego interior, que consiguió que los Pistons fallaran hasta nueve lanzamientos a un metro del aro. La serie, con 2-0, viajó a Detroit, donde los Pistons se recompusieron y consiguieron empatar la serie a dos antes de uno de los partidos más célebres de los últimos veinte años: el Game 5 en Detroit. 

 

Dieciocho empates y doce cambios de liderazgo en el marcador dan buena cuenta de lo que fue el partido. Aguerrido, trabajado y luchado hasta la irrupción de Ese Extraño Elemento llamado Robert Horry en el último cuarto y la prórroga. Mientras Horry se destaba –21 puntos en los últimos diecisiete minutos de partido-, la defensa de Prince no dejaba anotar a Ginóbili (5/16 en TC). Sin embargo, ahí estuvo Manu en el momento más decisivo del encuentro. El reloj ya no daba más de sí, tras ver a Horry mantener las opciones de los Spurs. El balón lo tenía el propio ala-pívot en la banda con nueve segundos por jugar. 96-94 para Detroit. Parker defendido por Hunter. Prince con Manu. Hamilton con Bowen. Ben con Duncan. Y Rasheed defendiendo el saque de Horry. El árbitro empieza a contar mientras Prince recibe un bloqueo ciego de Duncan debajo de aro para que Ginóbili salga a la esquina. Ben Wallace cierra a Duncan mientras el balón llega a las manos de Ginóbili, cerrado en la esquina por un dos contra uno de Prince, que llegaba tras el bloqueo de Duncan, y Rasheed, que cometió un error de infantiles: hacer la ayuda en lado fuerte de balón, dejando así solo a Horry, que con un paso adelante ya esperaba en la línea de tres. Tras recibir, Manu se encoje para doblar el balón a Horry. El resto, como suele decirse, es historia. El control del tempo y el playmaking de Manu en el Clutch volvieron a resolver el partido a favor de los Spurs. 3-2 y dos oportunidades de anillo en Texas. 

 

 

En el sexto, Rasheed firmó una gran actuación para intentar tapar sus errores en el tramo final del quinto que, unida al partido firmado por Billups y Prince, serviría para darle a la serie la mayor trascendencia posible: un séptimo partido. La igualdad en este prosiguió lo visto durante todas las Finales. No se rompió el partido hasta el último cuarto, con una nueva demostración de dos picos de carrera: el del mejor ala-pívot de todos los tiempos, Tim Duncan, que firmaría otro espléndido 25/11, y de la resolución final de Manu, que terminaría el partido con 23 puntos. Las votaciones para el MVP estaban en marcha, y el peso que ya tenía Duncan en la liga decantó la balanza. De diez votos, seis fueron para el virgenense y cuatro para Ginóbili. Si bien no ganó aquella distinción, su altura y su grandeza en la mejor liga de baloncesto del mundo ya era un hecho incuestionable. 

 

El tiempo pasó, y la siguiente rivalidad de los Spurs no fue un equipo, fue un jugador. El primer gran enfrentamiento de los Spurs ante LeBron James, en las Finales de 2007, terminó con un 4-0 inapelable que no refleja exactamente lo que ocurrió en aquellas Finales. A pesar de ello, las derrotas forjan a los campeones futuros, y los comentarios de aliento de una leyenda también, sin embargo, eso es otra historia. Tres anillos de la NBA para Manu en sus primeras cinco temporadas. Largo tiempo hubo de pasar hasta ver a los Spurs de vuelta a su lugar natural. Siempre estuvieron en Playoffs, siempre empezaban las temporadas sin contar para nadie y siempre se colaban en las posiciones de honor, tanto en Regular Season como en postemporada. En aquel periodo hasta encontrar de nuevo el camino a su sitio, el juego de poste bajo y ritmo lento fue dejando paso progresivamente a una caracterización más propia de Manu que de Popovich: “Acabé llegando a la conclusión de que jugaríamos más a su manera que a la mía”.

 

Durante aquellos años evolutivos fue crucial un cambio. Mediada la temporada 2007/2008, Pops sugirió a Manu que sería bueno para el equipo que empezara a salir desde el banquillo como sexto hombre para revitalizar la segunda unidad. Manu aceptó ante la incredulidad de Duncan. Efectivamente, el nivel del equipo cuando utilizaba la segunda unidad no quedaba tan mermado como antes de tomar esta decisión. Mientras tanto, el ritmo de juego cambió. Los Phoenix Suns de Mike D’Antoni estaban volando, los Golden State Warriors del We Believe también. El germen del juego actual se implantó en aquellos años, justo cuando Popovich empezaba a levantar el pie del cuello del artista. 

 

Los años pasaron hasta que, tras derrotar a aquellos fantásticos Memphis Grizzlies en las WCF de 2013, el nuevo rival esperaba enfrente, esta vez en Miami. Los Heat venían en vuelo de ganar su segundo anillo -primero del Big Three- ante los Thunder y querían deshacerse de aquel equipo que representaba una época anterior. Sin embargo, también era un gran exponente de lo que estaba por venir. Las Finales de 2013 fueron una auténtica delicia. De nuevo siete partidos, incluido el sexto con, quizá, el triple más famoso de la historia reciente. Finalmente, LeBron pudo decirle a Duncan que, efectivamente, la liga ya era suya. 

 

Aquellas Finales, como ya se ha comentado en otras ocasiones, forjaron al mejor equipo en ataque posicional que se haya visto nunca -muy igualado con los Celtics del ’86-. El dolor que supuso perder las primeras Finales de la historia para los Spurs hizo que el equipo y el staff de Popovich buscaran sin descanso la manera de derrotar a aquellos Heat. Y vaya si lo hicieron. El espectáculo dado por los Spurs durante la temporada 2013/2014, elevado a la más alta cima durante las Finales -de nuevo ante los Heat- quedará grabado en la retina de todos los que vieron aquella temporada. El arte de los espacios, el pase extra y la extraordinaria velocidad de balón de los Spurs, saltándose algunas normas básicas del juego hasta entonces -como el pase en salto-, hicieron que los Heat no supieran ni por un momento cómo defender a aquel equipo. Un 4-1 más aplastante incluso que el 4-0 de 2007, incluido un mate estratosférico de Ginóbili sobre Bosh que dio buena cuenta de lo que llevaba todavía dentro el escolta. La puntilla a una serie inolvidable por la superioridad y el savoir faire de los Spurs, que lograban así su quinto anillo -cuarto del mejor Big Three de siempre-. 

 

 

Fue entonces cuando comenzó la cuesta abajo, si esto se puede aplicar a Ginóbili. Unos cuantos partidos sorpresa durante las últimas temporadas, incluido el célebre tapón a Harden en el quinto partido de las semifinales del Oeste de 2017, y la gran temporada realizada este año -teniendo en cuenta su físico, que ya le hizo pensarse la retirada el verano pasado- sirven de colofón a una carrera extraordinaria. El último día de Manu fue, de nuevo, poético. En casa de los campeones, ya que no podía hacerlo en otro lugar. Rodeado por los brazos de compañeros, rivales, staff y de todos los que mirábamos por televisión con una lágrima cayendo inexorable. Todavía no se sabía si aquel era el final, pero tras despedirse de la manera en que lo hizo del AT&T Center y la manera en que se despedía de compañeros y rivales, no hacía presagiar que fuéramos a ver de nuevo a Ginóbili de corto. 

 

La despedida, con la que se abría el reportaje, llegó el 27 de agosto de 2018. El punto y final a veintitrés años de magia, corazón, trabajo, esfuerzo y coraje, muchísimo coraje. Ginóbili tuvo enfrente a Bowen, a Prince, a Kobe, a Wade y a Raja Bell, pero el que cedió completamente fue Popovich, puesto que al final, como él mismo dijo, se terminó jugando a lo que quería Manu. 

 

Manu Ginóbili durante su último partido en el Oracle Arena (Ezra Shaw/Getty Images/AFP)

 

Acerca del autor

Enamorado del baloncesto, que ha vivido como jugador, entrenador, delegado y aficionado. Ahora se dedica a contarlo. También considera el cine como la confluencia de todas las artes y, por ello, el arte definitivo.

Publicar un comentario

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies