Una historia de sentimientos

Una historia de sentimientos

Se acabó. Dwyane Wade y Dirk Nowitzki no jugarán nunca más ante su público. Nunca más volveremos a ver las penetraciones imposibles de Dwyane, ni los fadeaways eternos de Dirk. Nos vemos privados de la sonrisa de Robin Hood y de la pícara mirada de Flash. La noche del 9 de abril de 2019 quedará para siempre marcada en la historia de la mejor liga de baloncesto del mundo como la despedida de dos de los mejores jugadores que haya dado nunca el juego de Naismith.

 

Estas líneas están siendo escritas unas horas después de haber vivido una noche histórica. Algo se olía en Dallas, mientras que en Miami todo estaba preparado por si no se alcanzaban los Playoffs, algo harto complicado tras la última racha de los de Florida. La mística de la temporada de Nowitzki, vitoreado en todos los pabellones sin haber comunicado su adiós hasta el último día. La larga y constante marcha de Wade, que se va habiéndolo anunciado el primero.

 

La historia de Wade y Nowitzki, más allá de los números, es una historia de sentimientos. De cómo un extranjero puede ser el corazón de una ciudad entera, y de cómo un joven de Chicago se hizo dueño de todo un estado. Porque a pesar de no haber desarrollado sus carreras en casa, hicieron de las franquicias que los eligieron en el Draft su hogar.

 

Últimamente todo son muestras de afecto tanto de los jugadores por sus ciudades, como de sus ciudades por los jugadores. Jugadores que han pasado a ser un mito, ya que gracias a sus extraordinarias cualidades de héroes han sido capaces de relatar hechos maravillosos.

 

Por un lado, la remontada de las Finales de 2006, en las que Wade, primer espada aun con la presencia de Shaquille O’Neal en el equipo, se echó el equipo a la espalda y remontó un 2-0 que casi fue un 3-0. Todavía recuerdo el exacto momento en que el último balón rechazado por el aro llegaba a manos de Wade para enviarlo al cielo mientras el tiempo concluía. Más adelante, la unión de tres fuerzas para alcanzar las series por el título cuatro veces consecutivas para ganar dos. La marcha a Chicago, el breve paso por Cleveland y el regreso a su casa, de la que nunca debió salir.

 

Por el otro, la pérdida de aquellas Finales supuso un punto de inflexión. En la temporada 2006/2007, Nowitzki consiguió algo hasta el momento impensable: un MVP de la temporada regular para un jugador no nacido en Estados Unidos, ni educado allí. La derrota es la gasolina de los ganadores y, sin duda alguna, empujó a Dirk a ser el mejor. Pero no llegó únicamente -como si fuera poco- a eso. En 2011 se reeditaron las Finales contra los Heat, y en aquella ocasión, el grupo dirigido por Carlisle, completamente influenciado por sus años en Boston, jugó un baloncesto de equipo extraordinario, con la punta de flecha de Robin. Un duelo directo para cada uno en la mayor cima posible en este deporte.

 

Ahora es tiempo de despedida. De recordar todo lo vivido. De llorar. De pensar que nada volverá a ser igual, porque Nowitzki y Wade se unen a la nómina de jugadores históricos que nos van dejando en los últimos años, porque están al nivel de los Kobe Bryant, Tim Duncan o Kevin Garnett que ya nos abandonaron.

 

El mejor europeo de todos los tiempos. El tercer mejor escolta de la historia. Un hombre que revolucionó el juego de los grandes, ya que sin Dirk no se entendería a Embiid ni a Towns ni a Davis. Un jugador indefendible en su prime y primordial en todos los momentos de su carrera, ya que sin Wade, Miami no sería campeón.

 

Dos jugadores de sentimientos. Dos jugadores que han hecho soñar con llegar a cualquiera que los haya visto. Uno, porque consiguió demostrar que el tiro y el juego exterior no se circunscribe -ahora- únicamente a los pequeños. El otro, porque transformó una franquicia mediana en una enorme.

 

Es imposible escribir un epílogo para esta historia porque los héroes de capa y arco nunca morirán, mientras haya alguien que los recuerde. Y a Dwyane Tyrone Wade y Dirk Werner Nowitzki será imposible olvidarlos. Porque nuestros sentimientos son los suyos. Porque lograron avanzar sin pisotear a nadie. Siempre buscaron la gloria colectiva antes que la personal. Y la alcanzaron como sólo lo pueden hacer los más grandes.

 

Gracias Dirk. Gracias Dwyane. Nunca os podremos pagar lo que habéis hecho por nuestro deporte.

 

 

Acerca del autor

Enamorado del baloncesto, que ha vivido como jugador, entrenador, delegado y aficionado. Ahora se dedica a contarlo. También considera el cine como la confluencia de todas las artes y, por ello, el arte definitivo.

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