Wish You Were Beer: Jack Kerouac

Wish You Were Beer: Jack Kerouac

“Soy católico y no puedo suicidarme, por lo que he decidido beber hasta que me muera”- decía un Jack Kerouac al que la fama de su libro En el camino le marcó el principio del fin, de su fin.

 

Cansado de escapar de jóvenes beatniks que le perseguían, y de la insistencia de su madre de no juntarse con sus ahora también famosos amigos, se retiró a Northport, Nueva York, a llevar una vida de alcoholismo y declive. A los 46 años consiguió su objetivo gracias una hemorragia interna causada por la cirrosis, unas heridas causadas por una pelea en un bar y un hígado incapaz de coagular ninguna de las catorce (algunas fuentes citan veintiséis) bolsas de sangre que le administraron en el hospital.

 

El rey de los beats, como algunos periodistas y críticos le llamaban y que él detestaba, vivió toda su vida rodeado de polémica. Invadió la literatura americana con historias de sus colegas, más tardes llamados “Generación Beat”: Allen Ginsberg, William Burroughs, Lucien Carr, Neal Cassady… Historias de viajes, drogas, alcohol, libertad sexual… en las que rechazaban las convenciones acerca de su papel como hombres; ideas que más tarde el movimiento hippie heredaría. Pero al mismo tiempo Kerouac se iba haciendo más conservador y beligerante, criticando a estos mismos hippies y abusando, aún más, del alcohol.

 

Kerouac era un joven de educación católica y provinciana cuando llegó a Nueva York de la mano de una beca para jugar en el equipo de fútbol de la Universidad de Columbia. Allí conoció a Carr y los demás personajes que formarían la más tarde llamada Generación Beat.

 

“Corrían calle abajo juntos, entendiéndolo todo del modo en que lo hacían aquellos primeros días, y que más tarde sería más triste y perceptivo y tenue. Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de cosas comunes, sino que arde, arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un“¡Ahhh!””
                                                                                                   En el camino, Jack Kerouac
 

Tras ser detenido como testigo en el asesinato de David Kramener (historia imperdible y contada por él mismo y Burroughs y de la que hablaré en un futuro en una reseña de Y los hipopótamos se quemaron en sus tanques) se casó, aunque brevemente, con la primera de sus tres esposas, Eddie Parker, para que los padres de esta le pagaran la fianza. Fue en esta época cuando comenzó sus viajes a lo largo y ancho de Estados Unidos que darían lugar a En el camino, obra culmen del movimiento beatnik en la que utilizó su revolucionario estilo de prosa espontánea*.  Un estilo basado en dejarse llevar por la espontaneidad de ideas y el “trance” de la escritura (hay obras posteriores de otros autores que incluso evitarían el uso de comas o puntos e incluirían los fallos producidos al escribir rápido). Se dice que unió todas las hojas antes de empezar a escribir para no detenerse al cambiar la misma en la máquina. Claro que la obra se sometería después a continúas correcciones, lo que ha llevado años de discusiones entre los críticos (cómo no). En dicha obra, Kerouac narra cómo se lanza a cruzar Estados Unidos siguiendo a sus amigos, bebiendo mucho alcohol, tomando todo tipo de drogas (marihuana, benzodiacepinas, anfetaminas, peyote o ayahuasca), robando coches, conociendo vagabundos, buscavidas, artistas y pseudoartistas… pero sobre todo buscando, buscando vivir al máximo (de verdad, no como los actuales “coaches”  del “mindfulness” pregonan). Más tarde él mismo diría que estaba buscando a Dios. Y es que aquí es dónde reside la esencia de Kerouac, entre todo ese descontrol, siempre busca la belleza y a Dios. Nadie como él ha descrito un viaje en coche, nadie como él ha descrito fiestas y conciertos de jazz, nadie como él ha descrito cómo es vivir completamente libre. Un poco sensible en medio de tanto descontrol, ¿no? Y aquí es dónde nace su creciente problema con la bebida, un atractivo macho americano, un futbolista católico de familia conservadora, no podía ser relacionado con sus sensibles descripciones de los atardeceres llegando a San Francisco, o de sus más que supuestas relaciones sexuales con algunos de sus amigos, o con que miles de niños hippies pregonaran el estilo de vida que a él había vivido y sufrido de verdad, y no porque los “beats” lo hacían. Así que fue al bar, un día y otro también, a doblar la muñeca y hacerse el macho hasta que alguien le partía la cara.

 

Kerouac y sus amigos, llevaban una vida como de la que ahora posturean los hipsters, con una diferencia, que no era postureo, era su forma de ver la vida, era su forma de exprimirla. Esto en los años cincuenta, en Estados Unidos, no era muy aceptable, ni siquiera para algunos de ellos. Solo algunos como Allen Ginsberg o Lucien Carr hablaban de ello sin sentirse avergonzados.

 

Kerouac intentó unir a Buda y el catolicismo en The Dharma Bums. Intentado huir de estos fans que lo buscaban se trasladó a Northport, Nueva York, a vivir con su madre; la cual se dice que también lo alentaba con opiniones ultra conservadoras y supuestas conspiraciones que se formaban en contra de ellos. Finalmente, en La vanidad de Duloz se aprecia un autor consumido por rutinas alcohólicas, que aun conservando su genio, se encuentra en plena decadencia. El mayor enemigo de Jack Kerouac era Jack Kerouac.

 

Se dice que en sus últimos días, una vez, de borrachera, se tumbó en medio de la carretera y pretendió dormir, hasta que alguien le dijo: “Eh, Jack, ¿vuelves a la carretera?”; se rió, se levantó y se fue a casa.

 

 

Acerca del autor

Escritor. Graduado en Estudios Ingleses. Actualmente entre platos. Me gusta todo lo que se haga con sinceridad y autenticidad, sea cual sea la disciplina.

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